Difamando

Estábamos reunidos unos compañeros, cuando uno de ellos, veterano del movimiento vecinal, nos soltó de manera airada y brusca la siguiente frase : “no se puede consentir que haya gente que vaya difamando a la Fundación, con la gran labor que hace”. Me quedé estupefacto.

Pero claro, estamos adiestrados, culturalmente, en el franquismo y eso condiciona, queramos o no queramos, todos nuestros comportamientos y actitudes vitales.

La palabra difamación, en ese contexto, es un término jurídico. Juzga una intención, por eso ha de ser un juez el que lo dirima. Sobre todo, es empleada como palabra descalificadora, negativa, peyorativa y represiva. Quien ose criticar los actos de la autoridad vigente, está difamando.

De esta manera, aquellos que tengan otra opinión, sobre cualquier tema, diferente a la de quien manda, es acusado de difamador. Queda marcado para siempre como un indeseable para cualquier grupo social o laboral. Es la forma en la que el franquismo sostenía su jerarquización social, basada, no en los mejores, en los trepas del partido, los llamados camisas nuevas.

Estupefacto me quedé y sigo quedándome,  de que todavía no hayamos sido capaces de entender que la sociedad tiene que evolucionar a territorios más democráticos, los cuales se basan en admitir las críticas como lo que son, simplemente otra opinión.

Javier Artal

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